La fama justa de Famagusta

Toda la culpa es de Dios, o sea, de Zeus. A Él debemos la apertura de la caja de los truenos al encapricharse de la princesa fenicia Europa y, transformándose en toro, raptarla para poseerla en la isla de Creta. De entonces a esta parte, Occidente y Oriente han estado enfrentados en un continuum de ataques y venganzas que hasta hoy llega. Pero igual que el Señor del Olimpo cambia de fisonomía cuando le place, también es capaz de mutar su nombre: Ora Cristo, ora Alá; ora cruzada, ora yihad. Los efímeros mortales han combatido durante siglos en nombre del Altísimo para su mayor y más perverso solaz: ver cómo se extermina la raza humana. Al hilo de lo anterior y por volver a tenerlo presente de cara a un viaje, hoy vamos a narrarles un capítulo de esta ya cansina historia. Ocurrió en Chipre, hará cuatro siglos y medio…

Tras la caída de Constantinopla en 1453, se hizo patente que el pujante imperio otomano era algo más que un molesto furúnculo en las apoltronadas posaderas de la cristiandad católica europea. La pugna territorial por la hegemonía del comercio con Oriente -revestida una vez más de las piadosas y bufas ínfulas de la guerra santa- no tardó en estallar.

Los caballeros de la orden de San Juan perdieron Rodas tras el asedio turco (1-0). Poco después, los mismos contrincantes se volvieron a ver las caras en Malta, pero con resultado opuesto (1-1). Selim II buscó el desempate en Chipre. Dicen las malas lenguas que este sultán, quien ha pasado a la historia como ‘el Borrachín’, quiso tomar la isla sólo porque allí se producía su caldo favorito, el Commandaria (“un vino de reyes, el rey de los vinos”, Ricardo Corazón de León dixit). Sea en nombre de Alá o por la transustanciación de la sangre de Jesús, una vez desembarcadas las huestes de la media luna en la isla de Afrodita, empezaron los combates. Corría el verano de 1570.

Desde hacía un siglo, Chipre representaba el bastión más oriental de los negocios de Venecia y a ésta, antigua social mercantil de la Sublime Puerta (pecunia non olet), le dio ahora por resistir y plantar cara al invasor: una cosa es pagar obediente tributo con tal de enriquecerse (pese a la exasperación papal) y otra, muy distinta, perder un imperio comercial sin decir ni ma che cosa

Casi en un desfile militar, los sarracenos, comandados por Lala Mustafa Pasha, se hicieron con el territorio en un santiamén ante la mirada satisfecha de la población grecochipriota, harta de los católicos abusos administrativos de la Serenísima. A excepción de Nicosia -su obtuso gobernador, Niccolò Dandolo, fue decapitado- la práctica totalidad de la isla capituló sin apenas resistencia. Tan sólo quedaba tomar una plaza más y la cuna del cobre sería otomana.

Sin embargo las cosas no iban a ser tan fáciles como hasta entonces. Los venecianos decidieron combatir al extranjero en el último reducto que allí conservaban: Famagusta.

La entrada al llamado ‘Castillo de Othello’ -o, siendo más prosaicos, el gran bastión noreste de la muralla- aún esta defendida apotropaicamente por el León de san Marcos, símbolo de la ciudad de los canales. Durante el periodo comprendido entre 1505 y 1508, fue la residencia de Cristoforo Moro, Gobernador de Chipre, cuya figura, quizá, inspirase la celosa tragedia de Shakespeare. Del pérfido Yago y la signora Desdémona nadie supo decirme…

 

Al mando de este boyante puerto fortificado se hallaba el corajudo capitán Marcantonio Bragadino, quien a comienzos de septiembre de aquel mismo año recibió como carta de presentación de sus adversarios la cabeza de su homólogo en la capital de la isla. La disyuntiva era clara. El de la República de San Marcos no se arredró ante el envite y ordenó a su guarnición parapetarse tras los gruesos muros para hacer frente al sitio al que iban a someterles. Los venecianos contaban con un impresionante perímetro mural tras el que sentirse seguros. Las murallas de Famagusta, dotadas de un amplio foso ante los tres costados que no daban al mar, tenían todos los refinamientos de la nueva poliorcética surgida tras la progresiva incorporación de la pólvora al campo de batalla, amén de macizos lienzos ataludados jalonados de torres circulares y baluartes con troneras; quien quisiera la plaza, habría de pelearla.

El asedio se inició en septiembre con el bloqueo marítimo y la circunvalación por tierra mediante un muro paralelo que no tardó en artillarse. Cientos de cañones comenzaron a batir las defensas día y noche, mientras que los ingenieros turcos dirigían la zapa destinada a socavar las estructuras y abrir una brecha por donde asaltar la ciudad. Con el advenimiento del invierno la intensidad del sitio mermó e incluso los sitiados pudieron recibir algunos refuerzos y provisiones en un momento de distracción de sus oponentes. Sin embargo, la espera hasta la primavera dotó a los otomanos de renovadas energías y reanudaron las hostilidades con un feroz arrojo. Bragadino, ante el desgaste al que eran sometidos y los cada vez más menguantes víveres, expulsó a todos los civiles que no estuviesen en condiciones de luchar, quedándose sólo con 7.000 hombres para hacer frente a más de 100.000. Hasta el día de su inevitable rendición oteó en vano el horizonte a la espera de unos prometidos refuerzos que nunca llegaron.

Pero antes de aquel final permítannos narrarles una bravata que hemos oído contar a los orgullosos guías locales que hoy día enseñan las ‘impenetrables’ murallas de Famagusta, conquistadas por sus aguerridos ancestros: se dice, se cuenta… que la puerta del bastión del Arsenal, al sureste de las murallas, estaba provista de una rueda dotada de grandes cuchillas que impedía cualquier intento de traspase (para revestir el relato de mayor épica atribuyen la hechura del macabro invento al mismísimo Leonardo, ¡qué duda cabe!). Y en estas estamos cuando un valiente bey otomano, visto que la cosa no avanzaba, decidió subirse a la grupa de un caballo y, al puro estilo de Marco Curcio en el Foro de Roma, se inmoló contra el artilugio destruyéndolo… ¡afortunado él, que aún descabezado, pudo seguir combatiendo a los infieles, a lo Sleepy Hollow, hasta su definitiva muerte! Hoy el referido baluarte lleva su nombre -Cambulat-, y en éste se halla un pequeño museo e incluso su tumba, la cual es objeto de veneración por parte de los peregrinos que hasta allí acuden a honrar la sacrificada temeridad de este héroe del siglo XVI. Ahora bien, lejos de ser una excentricidad turco-chipriota, sépase que en Estambul, a diario, hay quienes acuden hasta los mausoleos de Mehmed II ‘el Conquistador’ o Suleimán ‘el Magnífico’ para rogar a Alá por sus almas…

Pero habíamos dejado a Bragadino en la estacada por parte de la Santa Liga. Tras nueve meses de asedio la puerta de Limasol cayó y los otomanos entraron a sangre y fuego en Famagusta. A fin de parar la carnicería, el 1 de agosto de 1571 el capitán veneciano no tuvo más remedio que rendir la plaza.

Sobre el bastión Rivettina, emplazado en el ángulo sudoccidental de las murallas de Famagusta, se izó la bandera blanca.

 

(Ante la desmemoria general de los hechos, el simbólico enclave ha devenido lugar de paz y amistoso encuentro: haz el amor y no la guerra, etc.)

 

Cuatro días después abandonaba la fortificación para entregar las llaves de la misma. Al principio, el italiano obtuvo de su rival una oferta honrosa de rendición. Tal vez, admirado por su innegable valor, permitió a los de la Serenísima conservar la vida y trasladarse a Creta escoltados. Más cuando el turco preguntó a su oponente por la suerte que habían corrido algunos peregrinos musulmanes que tenía retenidos intramuros…todo se truncó. Quizá cegados por el odio y ante la inevitable rendición masacraron a todos los rehenes quedándose sin piezas de negociación. Fue entonces, cuando Lala Mustafa Pasha ordenó asesinar a todos los venecianos, reservándole el final más aciago a su líder: en primer lugar, cortó él mismo una oreja a Bragadino e hizo que sus esbirros hicieran lo propio con la otra y su nariz. Después, le sumergieron en agua salada para agudizar su agonía antes de aplicarle hierros al rojo vivo y someterle al flagelo. Más tarde fue enjaulado, a la espera de su humillante ejecución.

El 17 de agosto, cuando la vieja catedral de san Nicolás fue transformada en mezquita, obligaron al mutilado a acarrear piedras y arena a lo largo de todo el perímetro amurallado. De rodillas tuvo que besar el suelo que el Pasha pisaba justo antes de izarle sobre una verga de la nave capitana para que admirara la plaza que tanto se empeñó en defender. Mas su calvario aún no concluyó, puesto que a continuación fue llevado hasta la plaza principal de Famagusta y, ante los pies del templo de los Lusignan, le desollaron vivo.

Mientras que su carne fue descuartizada y expuesta en distintos puntos de las murallas, la piel de este Marsias malgré lui se rellenó con paja y fue paseada por las calles para amedrentar a los grecochipriotas: eso es lo que les esperaba, de aquí en adelante, si osaban rebelarse contra sus nuevos amos. Posteriormente, aquellos pútridos despojos se clavaron en el mástil de una embarcación que se dirigió a Estambul haciendo un macabro giro por el Mediterráneo oriental. Pero todavía hay más, al parecer la epidermis fue exhibida con chacota a la entrada del puerto militar de la antigua Bizancio…hasta que pocos años después, en una operación de comandos, fue robada por un compatriota del despellejado, un tal Girolamo Polidori, quien la llevó de vuelta a Venecia y donde hoy reposa en una capilla del gran panteón de prohombres que representa la basílica de los santos Giovanni y Paolo (o eso cuentan por allí…).

Bragadino vendió muy caro su pellejo y él mismo pagó su oneroso coste. Momentáneamente Selim II tomaba ventaja (2-1), pero pronto llegaría la revancha. La muerte del capitán veneciano proporcionó un caro -y oportuno- mártir a la causa cristiana y el 7 de octubre de aquel mismo año el empate habría de llegar en las aguas del golfo de Lepanto (2-2). Y así pasaron los siglos. Victorias y derrotas. En el postrer, Churchill fracasó en los Dardanelos pero Lawrence les conquistó Damasco. Pero aún no hemos terminado. En 1974, ante la indiferencia de la Unión Europea, Turquía -bajo un pretexto de salvaguarda identitaria (léase, nacionalismo y religión)- ocupó militarmente un tercio de la isla. Años después se proclamó unilateralmente la República del Norte de Chipre, un ‘Estado’ que únicamente ellos reconocen. En el siglo XXI, el Viejo Continente aún sufre la vergüenza de ver sus territorios cercenados por un muro y alambre de espino.

El 19 de junio de 2015 abandoné Famagusta lloviendo. El bochorno y la calima unidos al comienzo del ocaso dotaban a este Belchite cruzado de una anaranjada luz espectral. A falta de un CD con la Caterina Cornaro de Donizetti para hacer aún más trágica la despedida, solicité al conductor del autobús que, tras rodear la batida muralla de tierra, se desviase a la acordonada ciudad fantasma de Varosha, donde todo sigue igual desde el 74. Lo último que recuerdo antes de sucumbir al abrazo de Morfeo (i. e. el sopor de las Efes) es la ceñuda mirada que una escultura de Atatürk me brindó. Al fondo, saliendo del arrasado skyline de la vieja ciudad, la voz del almuédano llamaba a la oración desde el minarete de alguna mezquita. Dos banderas con la media luna flameaban indolentes en su portada gótica. Se mecían pesadamente, como mis cansados párpados…

¡Qué hartura de dioses, espero que tengan la decencia de existir!

 

El sicómoro centenario y la portada de la vieja catedral de san Nicolás (hoy la mezquita de Lala Mustafa Pasha) fueron mudos testigos del terrible suplicio de Bragadino en esta plaza. Lamentablemente, allí, nada lo recuerda.

A mi profesor de Pintura veneciana, Félix Díaz Moreno,

por regatearme esta gran historia.

Ángel Carlos Aguayo Pérez

Moratalaz, 28 de febrero de 2024.

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