Tu, Belisarius, eris!

Muy fría, así la recuerdo. Rávena, al ocaso, se sumía en la niebla. Atrás quedaban los calores del Ca’ de Vèn y todos caldos de la Emilia-Romagna que nos echamos al coleto tratando de calentarnos. Para cuando salimos del restaurante, el vaho ya formaba un continuum con el humo de los cigarros, asemejándonos a dragones que habíanbebido agua. Las paredes de los antiguos palazzi exudaban del relente, empapándose también los adoquines del casco viejo, atemorizando nuestros pasos, los únicos que, a esas horas de la noche, atravesaban la espectral plaza de san Francesco. Aquello era idéntico a la portada de El club Dante (Matthew Pearl, 2004), y, precisamente, hacia su tumba nos dirigíamos.

Llegados a este punto quedaría estupendo afirmar que, para entonces, había leído su Comedia -lo de Divina es posterior, como el apelativo de Buonarrotti-, pero no, ni todavía. Determinados clásicos los reservo para disfrutarlos cuando alcance la madurez (aún me como las uñas) y me regalen una buena edición con aparato crítico. Mis magros conocimientos sobre el bardo florentino los conformaban ciertas reminiscencias de las clases de literatura     –Dolce stil novo, güelfos y gibelinos, Beatriz, exilio…- y los proporcionados por la referida novela. Surgida al calor de El Código Da Vinci (Dan Brown, 2003), el libro, como todos los que devoré en su época, volvía a repetir el esquema canónico: artista conocido – trasfondo histórico – conspiración – asesinatos – detectives heterodoxos. Tampoco es que fuera nada del otro jueves, pero menos da una piedra y la calígine bostoniana en el que se desarrollaba su intriga -el smog yankee-, venía que ni pintada a la atmósfera brumosa que se cernía sobre nosotros. El mausoleo –Dantis poetae sepulcrum-, como es lógico, estaba cerrado, pero daba igual. Lo importante era estar presentes, sensibles al espíritu del lugar, el deleite romántico; no en balde, nos habían precedido en el mismo ritual Lord Byron y Oscar Wilde. Además, allí, quise creer, aparte de al toscano, podíamos convocar también a otro vate, aquel que guio la katábasis por el Infierno de su colega.

Hasta la tumba de Dante, por supuesto, en último término, nos había llevado el más célebre de los aedos latinos, pero más que por sus Églogas o Bucólicas -a las que este urbanita, todavía, sigue sin cogerles el punto-, llegué gracias a La muerte de Virgilio (Hermann Broch, 1945), mucho antes que la Eneida cayese en mis manos. El gran canto dinástico de los Julio-Claudios -que su propio autor quiso arrojar al fuego en el lecho de muerte-, sí que lo tenía trabajado, incluso me afloraron algunos latines, los fáciles, “Arma virumque cano”,“Sic notus Ulixes?”, “Timeo danaos et dona ferentes” y, mi favorito, “Tu, Marcellus, eris”, cuando el hijo de Anquises, acompañado por la sibila cumana, contempla al sobrino de Octavio, muerto antes de tiempo, vagando en el reino de las sombras comopremonición de la grandeza que habría de venir. Para ilustrarlo, nos queda el emotivo cuadro de Ingres, recreando un recital en el que la jovencísima Julia, la hija de Augusto y esposa de aquel, al oír el verso, colapsa de dolor, en contraste con la adusta actitud de matrona contenida que, ante el recuerdo del fallecido que estaba llamado a ocupar el solio imperial, sospechosamente, muestra Livia… ¡Qué señora!

Tu Marcellus eris. Jean-Auguste-Dominique Ingres, ca. 1820 (Toulouse, Musée des Augustins)

Y es que le tengo un especial cariño a esta pendenciera familia desde el Yo, Claudio, muchos años antes de estudiar a Suetonio, Casio Dión, Veleyo Patérculo, Tácito o Livio. No me duelen prendas en admitir que leo obras de ambientación histórica. Remarco, de ambientación, tengo claras las diferencias entre ambos géneros narrativos, aunque Kapuściński -el magistral cronista sui generis del pasado cercano- dijese que eran “orillas del mismo río”. Pese a ser consciente de la mala prensa que tienen estas novelas y sus lectores entre algunos envarados puristas del gremio, no tengo sus críticas muy en cuenta; la mayor parte, como yo, también leen la Ilíada o a Cátulo en castellano (que es oír a como a Sabina traducido al japonés).

La literatura contemporánea me ha llevado a los clásicos, no al revés y en aquella ciudad estaba por otros cuatro libros. Rávena fue la tumba de Roma (László Passuth, 1963), en la que se recrea la vida del (no tan) bárbaro Teodorico, caudillo de los ostrogodos, cuyo palacio y tumba no se hallaban muy distantes. Por otra parte, el paisajedel cercano puerto militar de Classe y sus lupanares, me lo proporcionó la aventura en el Adriático de los carismáticos centuriones Cato y Macro en La profecía del águila (Simon Scarrow, 2005). Ahora bien, aquellos dos sólo eran los entrantes a los principales textos que acicatearon mi viaje: Teodora, emperatriz de Bizancio (Gillian Bradshaw, 1987), sobre el devenir de aquella resuelta mujer, hija de un domador de osos, que, sin escrúpulo alguno, medró en la Constantinopla del siglo VI hasta alcanzar la más alta cumbre del poder, y, por supuesto, El conde Belisario de Robert Graves (1938), el más vilipendiado de los que osaron darle una vuelta a las fuentes para construir su propia versión. Pocos saben que éste fue catedrático de poesía en Oxford, y calidad de tal, considero, debe entenderse su producción. A este respecto, cabe citar lo dicho por J. R. R. Tolkien, colega de la misma universidad e igualmente veterano de la batalla del Somme -sus experiencias bélicas les resultaron muy fructíferas a ambos para crear sus guerras- quien afirmó que: “las leyendas dependen del lenguaje que las crea”. ¡Ya querrían muchos sesudos académicos escribir la mitad de bien!

Con todo aquello por bagaje, al día siguiente, acudí a San Vital a fin de poner cara a los protagonistas de mis libros, inmortalizados en el presbiterio de la iglesia en uno de los mosaicos más famosos de la historia del arte. A ambos lados del altar mayor, se exhibe un aparatoso ceremonial constantinopolitano en el que participa lo más granado de su siglo de oro. A la derecha, Teodora, con ojos saltones, recortándose sobre una aureola de santidad (!), engalanada con las joyas que siempre me han recordado a la célebre fotografía de Sofía Engastromenos luciendo el ‘Tesoro de Príamo’. La basilisa, oferente, posa acompañada de su séquito de cortesanas y eunucos. Justo enfrente, en pendant, Justiniano, de aviesa mirada, rodeado de su guardia de corps, clérigos y nobles, entre los que se ha querido ver a quien, con acierto y nostalgia, se ha denominado ‘el último general romano’: Belisario.

A falta deun epígrafe que lo identifique -como el existente junto al arzobispo local, Maximiano-, hemos de fiarnos de la tradición y creer que, el brazo armado del infructuoso intento de resucitar de sus cenizas la perdida grandeza del imperio, es el personaje barbudo que aparece a la izquierda del monarca, según lo vemos nosotros, su mano derecha en realidad. Se non è vero, è ben trovato. Contemplándolo extasiado, me daban igual las dudas existentes acerca de su presencia iconográfica.De forma que, enmendando Virgilio,exclamé: Tu, Belisarius, eris! Para mí, ahí estaba, mirándome, el héroe de la novela.  

Gracias a esa experiencia cuasi mística, andando el tiempo, llegué a disfrutar, tanto como lo hice, devorando las Guerras y la Historia secreta de Procopio de Cesarea, la principal fuente para aquella época. Testigo directo de la mayor parte de los hechos que narra, sirvió junto a Belisario como consejero durante sus luchas contra los «bárbaros» -persas sasánidas, vándalos, bereberes y ostrogodos – y estuvo presente en la (re)conquista de Rávena por el general en el 540. Pese a que al comienzo de ambos volúmenes loa el genio estratégico del militar como paladín de la cristiandad, a posteriori, sin que alcancemos aún a saber el porqué, se distancia, convirtiéndolo en el blanco de su biliosa inquina. Ahora bien, peor parte se llevó Justiniano, al que sin ambages tilda de tirano y “príncipe de los demonios” y también tuvo lo suyo para sus correspondientes esposas -Antonina y Teodora-, ya que en su opinión movían en la sombra, a su antojo, las marionetas de sus maridos. En lo concerniente al emperador, cabe decir que pese a que el militar siempre le guardo lealtad, acatando todas sus órdenes -incluso la de sofocar, con mano dura, la revuelta de la Nika del 532, con un saldo de 30.000 muertos en el hipódromo-, celoso de que le hiciese sombra un súbdito por la fama que iban cobrando sus victorias, le pagó con la ingratitud, haciéndole caer en desgracia. Algunos incluso le atribuyen haber ordenado que se le arrancasen los ojos, pero se antoja difícil de creer puesto que siguió comandando ejércitos e, incluso, poco antes de morir, se le encomendó la defensa de la capital ante el asedio de los búlgaros. 

El vencedor de la temible caballería catafracta en Dara, el mismo que celebró el último triunfo de la antigüedad tras su victoria contra Gelimer en el norte de África, devendría en un personaje de la épica medieval como el Cid o Roldán, aunque, a decir del erudito bizantino Juan Tzetzes, terminó sus días mendigando óbolos por las calles de Constantinopla, donde murió el 13 de marzo del 565. ¿Fue Procopio más objetivo que Graves en la transmisión o también aliñaba sus relatos? La mera insinuación de que las derrotas sufridas por Belisario se debieron a la ira de Dios, hoy día, lo desacreditaría a ojos vista de la comunidad científica, pero las fuentes deben entenderse en el contexto que fueron escritas. Enjuiciar su historicidad con nuestros parámetros actuales supone un grave error de perspectiva, y el fatuo debate acerca de la Verdad -con mayúscula-, una discusión bizantina, en pretérito imperfecto. Ni siquiera su efigie (?) en San Vital, descompuesta en teselas, era fidedigna con el hombre…pero ahí estaba, escrutándome. Yo le sonreí. Mi viaje había sido motivado por la literatura. Desde pequeño, como a Nausícaa, me gustan los cuentos; la historia…sólo es trabajo.

Texto de:

ÁNGEL CARLOS PÉREZ AGUAYO

Arqueólogo

1 Comment

  1. «El conde Belisario» debería de ser de lectura obligada ya en los colegios. Como en el caso de László Passuth (me costó un pastizal localizar «Rávena fue la tumba de Roma») es una pena que no haya editoriales que reediten estos libros porque son verdaderos manuales de historia.
    Espero que os hayan sentado bien los vinos en La Ca’ de Vèn (Sangiovese, quizás??). Ese local es a las enotecas, lo que San Vital al arte, grandioso….Y si os atendió su dueña, Rita, supongo que habrá destilado una buena dosis de mal genio (como yo pude comprobar….), famoso en toda la ciudad……. y fuera de ella
    Un saludo

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