La tradición del viaje arqueológico a través de la Historia. I – Edad antigua

Escribe el investigador del CSIC Juan Pablo Vita que la palabra más antigua conocida de la Historia para designar el concepto de “camino” o “ruta” es posiblemente el término sumerio “kaskal”, representado gráficamente con un símbolo cuneiforme en forma de cruz, a modo de cruce de caminos (Vita, 2010: 65 y 66).

Desde la antigüedad, el término de camino, ruta o viaje estaba ligado casi de manera indisoluble a viajes de carácter militar y/o comercial: no se viajaba por placer, sino por motivos militares, económicos, comerciales, políticos o diplomáticos.

En el ámbito del Mediterráneo, este paradigma comienza a cambiar una vez Roma inicia su expansión y los territorios por ella controlados se “romanizan” y pacifican, a la vez que la extensa red viaria romana permite y facilita los traslados a grandes distancias con cierta comodidad y seguridad.

Estas ideas existían ya en la propia antigüedad. Ejemplos de ello los encontramos en autores clásicos como Elio Aristides, quien en su Elogio a Roma, escribe: “[…] habéis construido toda clase de puentes sobre ríos, habéis abierto montes y construido caminos que se recorren con facilidad, habéis llenado de hospedajes los lugares desiertos, y habéis introducido en todas partes orden y civilización”.

En la misma línea se manifiestan otros autores como Tertuliano: […] por todas partes se abren caminos, cada región es bien conocida, cada país ha sido abierto al comercio”. Pero Roma no fue efectiva solo en garantizar la seguridad en los traslados por tierra, sino también por mar, llegando a extirpar la piratería, y facilitando así los traslados marítimos (Gozalbes y González, 2012: 341-342).

De este modo, no será hasta ya avanzado el Imperio romano cuando se ponga de moda un nuevo concepto de viaje de carácter “turístico”. Así, los motivos religiosos (para visitar templos paganos en primera instancia y lugares sagrados cristianos después) o curativos (para visitar las Aquae) son los que empujan a mayor número de personas a iniciar viajes. Estos viajes , por lo general, se hacían en rheda, un tipo de carro de cuatro ruedas, si el viajero disponía de suficientes recursos, pero también en caballo y a pie, pudiendo llegar a recorrer 30 km diarios a pie y 60 km a caballo, según diferentes estudios.

Pausanias, el viajero incansable

Hay que tener presente que la mayor parte de los desplazamientos se realizaban siempre que se pudiera por mar, aprovechando barcos de carga, mucho más rápidos: Plinio, por ejemplo, asegura en su Historia Natural, que el viaje marítimo de Gades (Cádiz) a Ostia, duraba 7 días. (Gozalbes y González, 2012: 349-350).

Seguramente, las dos personas que mejor ejemplifican este nuevo fenómeno son, Pausanias y Egeria, un hombre y una mujer que viajaron por el Imperio Romano, el primero en el siglo II y la segunda, en el III, y que dejaron constancia escrita de sus periplos y de los lugares que visitaron, que han llegado conservados, al menos en parte, hasta nuestros días.

Pausanias vivió y escribió, como ya hemos dicho, durante el siglo II de nuestra era, un periodo de tiempo en el que Grecia, y todos los países que él conoció, formaban parte del Imperio Romano.

Durante esta época, el Imperio Romano, bajo la dinastía de los Antoninos (Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), experimentó un periodo de paz y prosperidad. No obstante, muchos lugares de Grecia estaban ya arruinados o habían sido destruidos y abandonados, como Tebas, Micenas, Tirinto o Delos, y muchas estatuas y tesoros habían sido trasladados a Roma.

A pesar de ello, Grecia continuaba siendo en el imaginario romano el origen de una cultura superior, mientras que la lengua griega seguía siendo la lengua de la cultura y el idioma más utilizado, junto al latín, en la parte oriental del imperio.

El origen de Pausanias es desconocido, aunque diversos especialistas sostienen que habría nacido en Lidia (Asia Menor, en la actual Turquía), tal vez en Magnesia del Sípilo, ciudad mencionada varias veces en sus escritos. Lo que sí sabemos es que fue un viajero incansable y que recorrió, o así se deduce del grado de detalle de sus descripciones, Grecia, Macedonia, la península itálica (al menos Roma y las ciudades de Camponia), Asia Menor (Troade, Misia, Jonia, Caria, Galacia y Frigia, al menos), Jordania, Siria, Palestina y algunas regiones del norte de África como Egipto, donde visitó las pirámides, el oasis de Amón o el coloso de Memnón de Tebas. Estuvo también en Bizancio, y las islas de Tasos, Rodas, Delos (islita famosísima en la antigüedad, junto a la actual y turística Mykonos), Andros o Egina.

Aunque desconocemos la motivación de sus viajes y el modo en el que los hizo, es evidente que disponía de abundantes recursos económicos, por lo que seguramente procedía de alguna familia aristocrática y adinerada que pudo costear su educación y sus viajes.

La obra de Pausanias

De su obra, solo se ha conservado la Helládos Periégésis, o Descripción de Grecia, dividida en 10 libros, en los que describe las regiones del Ática, Mégara, Corinto, Argólida y resto de regiones del Peloponeso, Beocia, Fócide y parte de la Lócride; y pudo haber sido escrita entre el 160 y el 180, casi enteramente durante el reinado de Marco Aurelio.

A largo de estos 10 tomos, Pausanias realiza una descripción detallada de monumentos, templos y edificios, al tiempo que relata numerosos episodios históricos y legendarios relacionados con ellos o con los territorios que describe.

La exactitud de sus descripciones, en muchos casos, ha sido tan valiosa que incluso ha servido a investigadores y arqueólogos para localizar y descubrir los grandes yacimientos arqueológicos griegos.

Gracias a su obra sabemos, por ejemplo, qué divinidad era venerada en algunos templos, las utilidades de algunos edificios o los nombres de los lugares cuyos restos se han hallado, contribuyendo enormemente a la información obtenida mediante técnicas arqueológicas y epigráficas.

Tal vez el mejor ejemplo para conocer la importancia de la obra de Pausanias es el hecho de que el propio Schliemann utilizó el pasaje del segundo libro donde Pausanias describe las ruinas de Micenas para localizar la acrópolis o los famosos tholos que guardaban los tesoros átridas.

La obra carece de introducción o prefacio, y también de un epílogo. Tampoco tiene título: el que conocemos proviene de Esteban de Bizancio, lexicógrafo griego que cita por vez primera la obra de Pausanias en el siglo VI dC. Por todo ello, desconocemos si la intención de Pausanias era la de describir toda Grecia y, en este caso, si parte de la obra está inacabada.

Carecemos de datos para solucionar este problema, pero como sugiere Herrero Ingelmo (2011: 17) es muy posible que la obra esté completa, a pesar de su final un tanto brusco, y que los 10 libros responden desde un principio a la idea original de Pausanias.

Volviendo al tema del título de su obra, el término descripción es una traducción del griego periégesis, cuyo significado más fiel sería el de un recorrido guiado. La obra de Pausanias pertenece, por tanto, al género de la literatura de viajes y ha sido considerada como la primera guía de viajes de la Historia.

Periegetas (de periḗgēsis, periēgéomai, llevar alrededor o hacer ver en detalle) es el nombre que recibían los cicerones o guías que existían en muchas ciudades del Imperio romano, cuyo número aumenta después del siglo II dC, cuando comienza a extenderse el fenómeno del turismo de las clases adineradas antes señalado. Aplicada a la literatura, con este término también se conoce a un género literario caracterizado por las descripciones detalladas históricas y mitológicas, de ciudades, templos, santuarios o monumentos.

El género periegético, antecesor por tanto de la literatura de viajes, se desarrolla ya desde el siglo III aC, en pleno periodo helenístico, aunque apenas se ha conservado hasta nuestros días algunos fragmentos, títulos y nombres de autores.

El historiador y geógrafo Hecateo de Mileto, está considerado como el iniciador de este género literario y el mejor representante del subgénero de la periégesis geográfica; representantes de la periégesis anticuaria han sido considerados, aparte de nuestros Pausanias, Diodoro y Heliodoro de Atenas (autor éste último, en el siglo II aC, de una obra descriptiva de los objetos de arte presentes en la acrópolis de Atenas) o Polemón de Troya (también conocido como de Atenas o de Ilión; autor de un estudio titulado “Sobre las inscripciones que se pueden encontrar en las ciudades”, hoy perdido pero muy citado por autores clásicos, al igual que otras escritos suyos sobre las ofrendas votivas y los monumentos que se podían encontrar en ciudades como Atenas o en Delfos.

Otros autores que cultivaron este género son Escimno de Quíos, Dicearco de Mesina o Dioniso Periegeta, de cronología discutida pero traducido por Avieno en el siglo IV d.C.

Nos parece muy reseñable destacar el método con el que escribe Pausanias.

Con excepción del primer libro, el resto comienza con una introducción de carácter general sobre la historia de la región, sus mitos y héroes más importantes. Desde la frontera, lo primero que hace es dirigirse a la capital por el camino más corto, describiendo todo lo que parece interesante; en la capital, describe sus edificios y monumentos más significativos, y a continuación sale de ella por un camino hasta la frontera, regresa de nuevo a la capital y emprende otro amino de nuevo hasta la frontera hasta que, una vez recorridos todos los caminos, pasa a la siguiente región vecina.

Mientras viaja, Pausanias explica los lugares que visita con objetividad, aunque debido a la ingente cantidad de información que debió de manejar, debe verse obligado a seleccionar lo que quiere contar, manifestándose así los gustos y preferencias del autor por la religión, mitos y temas antiguos.

Respecto a los monumentos que describe, el lector advertirá una preferencia por los más antiguos, compartiendo el gusto de su época por lo arcaico, y en especial por el arte y la arquitectura religiosa, principalmente templos y santuarios, mientras que los edificios profanos o son ignorados o tratados de manera somera (Herrero Ingelmo, 2011: 24 y 25).

Pausanias habla poco de sí mismo, aunque a través de las contadas ocasiones en que manifiesta sus ideas y pensamiento, podemos dibujar su pensamiento político y creencias religiosas.

Es, ante todo, un patriota griego, solo le interesa la historia de Grecia hasta el 146 aC, fecha de la destrucción de Corinto por las legiones de Lucio Mummio, que marca el inicio de la dominación romana. De todos modos, no se expresa de manera hostil ante Roma y admite la benevolencia en general de la administración romana, exaltando incluso las figuras de Adriano y Antonino Pío, es decir, que acepta la dominación romana y reconoce la incapacidad de los griegos de gobernarse a sí mismos.

Igualmente, muestra su rechazo a todos los que de algún modo u otro amenazaron o contribuyeron a disminuir la libertad de los griegos, en especial los persas, los macedonios o los propio tiranos griegos.

Por el contrario, muestra su alabanza a los atenienses en general y a algunos de ellos en particular, como Milcíades, Codro o Temístocles, a quienes considera verdaderos patriotas.

Pausanias es, por tanto, filoateniense: para él, la ciudad del Ática es la gran defensora y valedora de la libertad griega. Sorprende por ello la postura de Pausanias contra la democracia (Herrero Ingelmo, 2011: 51), sistema de gobierno del que no se muestra entusiasta, según se desprende de varios comentarios que salpican su obra, siendo partidario de la monarquía, siempre, eso sí, que el monarca sea capaz.

Texto de:

JESÚS BARBA

Arqueólogo

3 Comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *