pausados NO, Pausanias / 2. La bruja (la caverna del mito bajo la higuera)

En nuestra Oesidea particular para volver a disponernos a viajar con las alas en la mente que nos ofrecen los Morfeos e Hipnos, arrancaremos nuestro periplo mental en la isla del Origen. Es en Creta, bajo el Plátano de Gortina donde aullaron las ninfas a la cópula de Zeus, novillo travieso, y la princesa fenicia Europa, en donde Oriente y Occidente se fundirán en uno con la dinastía de los minoicos, el principio de la civilización por estos lares…

Odiseo, el rico en ardides de la mayor épica jamás escrita, no nos defrauda cuando, al llegar a Ítaca, tiene aún una escena gloriosa preparada: hacerse pasar por un cretense para que no sospechen los pretendientes que asedian a la fiel Penélope. En su presentación como cretense errabundo de la ralea de Minos e Idomeneo, rememora un encuentro fantástico con el añorado rey Ulises al que se le habrían desviado sus naves de camino a Troya:

“[…] torciendo su rumbo en Malea.

Por Amniso abordó, donde está la caverna de Ilitía,

un mal puerto

(Odisea, XIX; 187-189)

Estas referencias nos llevan a la topografía de la costa norte cretense donde su historia late bajo los efectos del tsunami que arrasó la isla y hundió la civilización minoica, dejando en Amniso revolcadas las paredes de la famosa Villa de los Lirios, emporio de exquisitos frescos, que empezó a excavar el famoso Spyridon Marinatos antes de la Segunda Guerra Mundial. Es por ello que nos gusta empezar nuestro viaje de Pausanias paseando entre las arenas de la playa de Amniso, jugando a diferenciar los trocitos de tefra o piedra volcánica blanca que inundan todo.

© Ángel Carlos Pérez Aguayo

 

Para Homero, Amniso, que fue la floreciente salida al mar del territorio del vetusto Palacio de Cnosos, ya no es más que un “mal puerto”, un lugar resguardado por la isla de Día que frena que los vientos del Boreas o Meltemi que desde el cabo Malea (Matapán) les habría empujado. En la topografía homérica el lugar de Amniso no es nombrada por las “villas” de la Edad del Bronce ni por el templo griego arcaico del Zeus Tenatas al pie de la cercana colina de Palejora, puesto que algo precede a cualquier hito construido por los hombres. Es por ello que lo que funda el lugar es un espacio mítico que, como no podía ser de otra manera, está vinculado con una topografía específica –el mito funda la realidad– clave en el mundo cretense: una caverna. La caverna de Ilitía.

No por nada es en una cueva cretense donde al principio de los tiempos la titana Rea escondió al futuro rey Olímpico de las fauces andrófagas del Tiempo, de Cronos. Largamente disputada desde la Antigüedad se ha situado a la cabra Amaltea con su leche, la ninfa Melisa y su miel, y a los Coribantes o Curetes tocadores de las primeras nanas, bien en el antro del Ideon bien en el del Dikteon, cada uno profunda apertura ctónica camuflada entre las cumbres más altas de la isla, el Monte Ida y la Meseta de Lasithi respectivamente.

La colina que domina la Palejora y la ensenada del puerto de Amniso se extiende suavemente al sur, rodeada de su enclenque arroyo y moteada de la maquia característica. Entre el panorama de secarral mediterráneo surge hoy día muy cerca de la vieja carretera que comunica algún corral de cabras revoltosas, una higuera que da sombra y frutos frescos incomprensibles ante el panorama.

© Ángel Carlos Pérez Aguayo

 

Sus raíces se hunden en la boca de una caverna que reúne todos los misterios “dignos de ser contados”, como le gusta referirse al viajero Pausanias en el s. II de nuestra Era, al que hacemos homenaje en nuestra homonimia empresarial, y que recogía este lugar del mito mencionando que “los cretenses suponen que Ilitía nació en Amniso en el territorio de Cnosos y que Hera fue su madre” (Descripción de Grecia, I, 18, 5).

Desde Homero a Pausanias, la Historia del mundo antiguo reconocía en la isla del Origen, donde fue a parar el recién nacido Zeus, el lugar de nacimiento de la diosa de los nacimientos, del parto o más específicamente, como nos recoge en el Himno Homérico a Apolo, de “la provocadora de las angustias del parto” (Himno a Apolo Delio, 97-98). Ilitía es una diosa atávica, prehistórica, que ya aparece plenamente conformada cuando los micénicos la nombran en Lineal B como E-re-u-ti-ja, pero los griegos post-palaciales la hicieron devenir de la pareja Olímpica celeste (Hesíodo, Teogonía, 921). Será la esbirra de los celos de su madre Hera y llevará grandes sufrimientos a los partos de los hijos putativos de su padre Zeus. No hay más que recordar las artimañas de Hera tanto en el parto de Leto en Delos como en el de Alcmena para abortar el nacimiento de Heracles, y en caso de superarlo, posponerlo para dejarlo sin el reino de Micenas a expensas del caprichoso, infame y cobardica primo Euristeo (vid. v. gr. Pseudo-Apolodoro, Biblioteca, II, 53; Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, IV, 9, 4).

Pero la caverna de Ilitía además de fundarse sobre el mito de ser el lugar de nacimiento de la mismísima diosa de los nacimientos, es ante todo un lugar ritualizado –el rito actualiza el mito– pero sobre todo frecuentado para atraer la “horita corta” en el parto, el paso llevadero en el mayor trance que precede a la vida. Gracias a las excavaciones de Marinatos en los años 30 del siglo pasado sabemos que existe un larguísimo registro arqueológico neolítico, minoico, micénico, griego, romano, primeros cristianos y así hasta entroncar con el folklore local de la zona. Además, se definieron claramente los dos espacios dentro de la cueva con la mayor presencia de objetos votivos, una en torno a la misma entrada alrededor de una piedra onfálica o redondeada a imagen de un vientre encinto y otra en la parte posterior en torno a dos estalagmitas que podrían evocar formas fálicas, antrópicas (madre e hijo) o divinas (¿pareja a lo Deméter-Perséfone?).

En cualquier caso, hace tiempo que el nombre de Ilitía se perdió y los locales conocen la caverna como la Neraidospilios o la “cueva de las hadas” (¿Nereidas, ninfas?), pero permanece la potencia sagrada que emana del mito y que se ha ido ritualizando a lo largo del tiempo contra viento y marea y sobre todo contra todo intento cristiano de aplacar lo implacable. Lo implacable aquí es el deseo sexual que engendra la vida y que no puede ser sino atraído a través de las magias simpáticas que invitar a practicarlo en lugares telúricos entre los que destaca el contacto sobre ciertas piedras. De un extremo a otro del mundo encontraremos reincidentes deseos ritualizados en torno a “piedras resbaladoras” en donde como en la de Abalar en Galicia: “van dous y veñen tres

El acto de frotar el vientre, la vagina o hacer el acto sexual sobre estas piedras asegura una transmisión de la potencia para tener un buen embarazo y un buen parto en un mundo pre o proto-científico, en el que aún puede costar acercarse a lo desconocido solo confiando en la ciencia obstétrica y ginecológica. Huelga decir que de la misma manera que el hombre se jugaba la vida en la guerra, la mujer lo hacía en cada embarazo, parto y puerperio. Ya valía tener a las Ilitías o doulas divinas cerca de las parturientas y no alejadas entretenidas en juegos hiperbóreos o telares guiados por Heras caprichosas y vengativas.

Pues en esas andamos siempre que Pausanias se acerca en su viaje a Creta por la playa de Amnisos y luego se introduce a la caverna mítica bajo la higuera en donde Ilitía sigue permaneciendo. Y tanto que permanece. La última vez que bajé preocupado por asegurar la cancela abierta o alguna artimaña para forzarla amablemente, mientras Carlos introducía la sorpresa sobre el cerro pelado, tuve mi primera aparición o epifanía, tan verdadera como la luz que está entrando. Al adelantarme como decía y asomarme a la cancela de la boca de la caverna y ver felizmente que estaba abierta -¿los trámites de nuestra colega Eleftería habían dado resultado?- algo desde la profunda oscuridad me habló así:

¡NO PODÉIS ENTRAAAARRR!

La voz surgió primero invisible y luego se materializó en una forma borrosa de una mujer que con los cabellos aúreos desordenados y con los vaqueros medio bajados emergía lentamente hacia la luz que se filtraba por la entrada desde donde yo observaba atónito en estado catatónico. La voz volvió a repetirse:

¡NO PODÉIS ENTRAAAARRRRRRR!

Se alargaba la voz como de alguien extranjera, pero a la vez familiar porque lo decía increíblemente en perfecto castellano, lo cual sólo pude encontrar una explicación instantánea en que me debía de haber caído, golpeado y mi ensoñación me hacía ver a la Diosa, que me hablaba y me prohibía entrar en su lugar sagrado donde celebraba sus ritos frotando su vientre, su vagina, o qué se yo, ¡en vaqueros!…

Sólo recuerdo volver a trepar y escapar de la boca de la caverna para encontrarme con el grupo y mostrarles mi cara blanca y descompuesta y sólo poder emitir sonidos inconexos de “abajo hay alguien”, “haciendo algo” y “¡habla en español!”.

Todo lo que ocurrió después lo tengo confuso; bajamos con el grupo, la bruja de la caverna del mito siguió dentro sin dejarnos ir más allá del umbral de la cueva. Carlos remató su explicación algo anonadado entre otras cosas por las ofrendas que había dentro; no las características granadas, higos o tarritos de miel, sino cosas muy kitch como una bailaora de flamenco tipo Los Morancos y no sé qué más. Con los vaqueros aún medio desabrochados la bruja de cabellos dorados cuidaba el lugar porque había tenido un “permiso” y no podía dejar entrar a nadie…tantas son las preguntas sin respuesta que sólo puedo transmitiros tímidamente mi consternación en el día que la diosa se hizo presente en forma de una bruja holandesa que hablaba algo de castellano y seguía manteniendo el rito con los vaqueros medio bajados…

© Luis T. Casado Gómez

Hoy es el día del Padre, los cristianos invocan a San José. Yo no volví a ser el mismo después de asistir al parto de mi primera hija y ver el Poder de lo femenino que engendra vida. La engañifa del pensamiento patriarcal por hacer a las mujeres meros receptáculos del semen del hombre, semilla que da realmente la vida (véase Aristóteles), se quitá de un golpe cuando los ojos de un padre ven lo implacable que es el acto de parir con el apoyo de buena gana de su diosa protectora, Ilitía, Artemisa o Diana Lucina. En este día no quiero San Josés lava-pañales, que eso ya nos debe tocar de cotidiano -¡prepárate, Carlos!-, lo que quiero es invocar, atraer el recuerdo de la que hace que pueda ser Padre, que pueda reconfortar a la Madre tras el parto y sobre todo que pueda rememorar cómo nacieron mis retoños. Por eso “con aladas palabras” te ofrezco a ti Ilitía:

una gran guirnalda entretejida con hilos de oro, de nueve codos

(Himno a Apolo Delio, 104-105)

 

19 de marzo de 2020

Texto de:

FERNANDO ALONSO BURGOS

ARQUEÓLOGO

5 Comments

  1. Fernando en ese viaje donde sucedió estaba yo y recuerdo el incidente que afortunadamente acabo bien pues la diosa nos permitió entrar eso si guardando respeto y silencio ante este lugar sagrado

  2. Yo no estuve presente allí. Pero la lectura de esta maravillosa narración me ha permitido ver, oír y sentir con la intensidad de una vivencia.
    Gracias Fernando

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