pausados NO, Pausanias / 3. Pantera

La batalla es del centurión, no del legado

Simon Scarrow

 

A Bad Kreuznach se va, ciertamente, sin muchas pretensiones. Atiborrado de salchichas en el desayuno y falto de estrés por desempeñar un inusual rol como tour leader, me abandoné al mecimiento del autobús hasta alcanzar el trace. Sumido en literarias ensoñaciones de Sven Hassel, disfrutaba de la sucesión de los verdes paisajes de Alemania a través de la ventanilla en la que apoyaba la almohada. Para cuando el chófer desaceleró, desperté del ensimismamiento en el pueblo de marras, tratando de recordar el programa que me había explicado el oficial al mando de aquel bolo, Fernando Alonso BurgosX centuria, Y cohorte, Z legión-, pero fue inútil. El pasado verano, tras freírme en Sicilia, fui destinado enseguida al limes en calidad de optio, pero no teniendo que explicar, me sentía de vacaciones.

-Oye, ¿qué diantre se nos ha perdido aquí?

Mi compañero surgió de los papeles en los que se enfrascaba y en sus ojos azules de bárbaro celta me pareció entrever cierto brillo malicioso. Tan solo pronunció una palabra que me hizo respingar de la poltrona: Pantera.

En los viajes de Pausanias o estamos a Rolex o a setas, y muy rara vez nos desviamos de nuestro negociado, no vayamos a perdernos. Pero cuando le escuché aquella concatenación de letras creí que me deparaba como sorpresa uno de los famosos tanques de la Segunda Mundial, en un gesto de contrición por no haberme parado, ni cinco minutos -el tío miserable-, frente al puente de Remagen de camino a su maldita torre de Rheinbrohl. Iluso de mí; por un momento pensé que empezaba a hacer carrera de él -en el Imperial War Museum se me angustió a la media hora-, pero no. Mi gozo se ahogó en un pozo cuando el autobús aparcó junto a un edificio de ladrillo visto y arcos de medio punto (mal rollo), en el que leí, por completo desconsolado, Römerhalle und Römische Villa; de alemán, ni papa, pero hasta ahí llego…

Mi cara, transida por el dolor y el resentimiento, tuvo que preocuparle e intentó justificarme, rápido y por lo bajini, la verdadera razón por la que habíamos dado con nuestros huesos en el culo del imperio, Cruciniacum. Mosaicos aparte, veníamos a ver la famosa (?) estela de un veterano -apodado Pantera- al que algunos maledicentes le atribuyen la paternidad… de Jesús. ¡Miel para mis oídos!, aceptamos pulpo como animal de compañía. Tras muchos años dando clases en el CEU, ese tipo de chismes despiertan enseguida mi curiosidad, máxime cuando en un abrir y cerrar de ojos se me encomendó fotografiar la susodicha pieza, algo que, advirtió para mi deleite, estaba prohibidísimo. Mi centurión pergeñó rápido el plan: en una maniobra distractora, él se llevaría al grupo hasta el final de la sala, concitando toda la atención del personal con su vozarrón y gestos ampulosos, mientras que yo, tras localizarla, sin ser detectado por los vigilantes, tenía que disparar mi cámara…cual francotirador. Las órdenes recibidas me galvanizaron y, como caída del cielo, aquella mañana se llenó de significado. No tendría mi carro de combate sino algo mucho mejor, mi primera operación de comando tras las líneas alemanas: “Viaje con nosotros sin quiere gozar”.

Una vez superado el control de la taquilla -custodiada por una Fräulein hosca que despachaba las entradas perdonándote la vida- torcí una esquina, accediendo al espacio abierto de la única gran estancia del museo. Con inmediatez profesional me adherí a un muro y localicé las cámaras de seguridad, estudiando su movimiento, inclinación, ángulos de giro, puntos muertos y demás cosas que salen en la tele. Como toda referencia para hallar el relieve contaba con una imagen guarrindonga de Wikipedia; costó lo suyo, dada la cantidad de lápidas expuestas. Pero al fin di con ésta, guillotinada, y con gran sigilo -apoyando primero los talones- avancé a su encuentro, mientras calculaba luz y velocidad de obturación (en realidad, uso el automático, es por añadir color). Por fin, afrontado ante mi objetivo, contuve la respiración -como en los videojuegos-, y dispararé: clic.

Ni Robert Capa en Omaha… © Ángel Carlos Pérez Aguayo

¡Misión cumplida, huyamos! Con anterioridad, en mi análisis preliminar del terreno, había detectado una salida lateral hacia el jardín. Volé por ésta y, pegado a la pared exterior, puse a buen recaudo la tarjeta SD al tiempo que encendía un cigarro para calmar las pulsaciones. Busqué información del Pantera en la red y escribí un Whatsapp telegramático a Jacinto Antón poniéndole al tanto de semejante hallazgo, sin duda de su interés. Debía estar de guardia porque contestó enseguida, diciéndome que no entendía el texto de la cartela que le había enviado -sus conocimientos del alemán, precisó, se limitan a los rangos de las SS (jawohl, mein Obersturmbannführer!)-, pero si al tipo en cuestión le llamaban Pantera, la cosa prometía. Enardecido por haberle descubierto algo al maestro, me dispuse a regresar a la sala. Y entonces, la cosa se torció.

Con el estrés no había reparado en que mi vía de escape era de emergencia y, como tal, sólo abría hacia fuera. Tan pronto como ideé el plan B fue descartado, habida cuenta de la altura que tenía la cerca que rodeaba el jardín. Para colmo, mi compañero, como siempre, no cogía ninguno de sus dos teléfonos, ni yo tenía encima el número de algún viajero. Solo e incomunicado, me encontraba a merced del enemigo. Manteniendo la cabeza fría, traté de recordar alguna lección de mi única lectura previa al periplo –Instrucciones para los soldados británicos en Alemania, 1944-, et voilà, resolví pedir auxilio emitiendo un SOS en morse con toquecitos sobre cristal de la puerta (¿cómo se hace una rayita con el índice?). Tan sutiles como gotas de agua e igual de inútiles. La intensidad de mi digitación fue directamente proporcional a la desesperación que iba sintiendo y el tamborilear no tardó en devenir estruendoso aporreo, acompañado, eso sí, del infalible ¡a mí la legión! Ni que decir tiene, la única que acudió en mi rescate fue la doña de la taquilla; estaba kaputt. Mientras me daba acceso, su cara de dóberman demudó a sonrisa condescendiente, “Don’t worry, it’s usual. Para colmo, al entrar, observé que algunos de los nuestros cosían a flashazos con total impunidad… Volví junto al grupo desolado, gacha la cabeza por haber sido descubierto, justo cuando Fernando iniciaba su explicación de la estela ante la que había hecho el panoli.

A decir del epígrafe (CIL XIII 7514), Tiberio Julio Abdes, llamado Pantera, natural de Sidón, murió a los 62 años tras haber servido 40 en las legiones como portaestandarte de la primera cohorte auxiliar de arqueros. Hasta aquí, bien, normal, el pan nuestro de cada día desde que arrastrábamos maletas por el limes germano, saltando entre ambas orillas del Rin, de la romanización al solo barbarico. El asunto empezó a ponerse interesante cuando el doctor Alonso, todo serio,  atacó la miga. Por lo visto, el filósofo neoplatónico Celso, hacia el año 170, afirmó en su Discurso verdadero contra los cristianos que Jesús era el hijo de una adúltera galilea llamada Miriam y un soldado romano, conocido como Pantera. Por otra inmensa ironía de la historia más, el mentado escrito se ‘perdió’ de antiguo -seguro quemado-, aunque parte de su contenido, como el expuesto, era cognoscible gracias a la réplica que a mediados del siglo III escribió el Padre de la Iglesia Orígenes de Alejandría, bajo el título Contra Celso (I, 28, 32), donde, como es lógico, se refuta la cuna bastarda y el amancebamiento de la Virgen con un fenicio. Pero ahí no queda la cosa ya que, echando más carne al asador, se constató que no era una referencia anecdótica, sino que algunos talmudes y otros volúmenes judíos de tradición rabínica se refieren a Jesús como Yeshu Ben Pantera, es decir, hijo de aquel…Muchos siglos después, en 1859, en el trascurso de unas obras llevadas a cabo en cierto arrabal de la antigua Bingium (Renania-Palatinado), apareció la talla que contemplábamos y en la que no se tardó en identificar al controvertido sujeto al que aluden las fuentes.

Quiso la fortuna que, para satisfacción de la atenta concurrencia, Julio Rodríguez González, autor de la monumental y agotadísima Historia de las legiones romanas (2003) –Desperta Ferro prepara una edición actualizada- estuviera presente en la sala, alistado bajo nuestro estandarte. El pragmático Fernando, lejos de apocoparse ante la enciclopédica sapiencia de aquel, pronto la puso a su servicio, dándole voz para complementar sus intervenciones siempre que lo deseara. Por un lado, el simpático profesor nos llamó la atención sobre el nomen del militar -nacido Abdes, en arameo, “siervo de Dios”-, apuntando que, con toda probabilidad, se convirtió en su tocayo al obtener la ciudadanía tras reengancharse a otros 25 años de servicio en las águilas, que ya son ganas… Echando cuentas, esto vendría a ocurrir durante el principado de Tiberio (14-37), tiempo después de que la I Cohors Sagittariorum fuese movilizada al frente germano, hacia el 9, tras su estacionamiento en la Judea del cambio de Era, donde existe constancia de su contribución a ‘pacificar’ ciertas revueltas acaecidas en Séforis, aldea próxima a Nazaret. Es decir, el Pantera, en teoría, estuvo en Palestina en una época coincidente con el nacimiento de Jesús, quien, como es sabido, vino al mundo algunos años antes de sí mismo…

Armando más el taco, otro homónimo de los implicados se unió a la exposición de hechos. El entusiasta Jesús Villegas, quien en calidad de jurista lee de corrido el latín de los epígrafes, aportó a la causa su también fluida comprensión del idioma local, traduciendo la cartela -que corroboraba lo referido-, así como su vasta erudición sobre las Sagradas Escrituras, constatando la parquedad de testimonios con respecto al nacimiento del Mesías, cuando no su omisión directa. Otra voz se sumó al coro recomendando la lectura de El Evangelio según Jesucristo de Saramago y una más apuntó la similitud con La vida de Brian. Estaba visto que todo el mundo sabía a qué íbamos hasta Bad Kreuznach, excepto yo. Achicado en la retaguardia les escuchaba embebido, revolcándome en el barrizal donde estábamos metiéndonos. Por eso me encanta mi curro.

Fernando sentando cátedra © Ángel Carlos Pérez Aguayo

Matteo ha escogido como eslogan de nuestros nuevos cursos on line el siguiente latinajo de Séneca: “Homines dum docent discunt”, es decir, los hombres aprenden mientras enseñan. No hay otro mejor. Desconozco hasta qué punto son conscientes los viajeros de lo mucho que lo hacemos trabajando para ellos. Y no me refiero a lo que hemos de estudiar, que se las trae, sino a todo lo adquirido en los inúmeros diálogos e intercambios de ideas que surgen a lo largo de una semana entre veinte personas, cada uno de su padre y de su madre, hermanadas por comunes inquietudes y afición por la historia y la arqueología. De aquel periplo atesoro un bloc de notas completo y el indeleble recuerdo del tremendo desasosiego que me producía mi supina ignorancia sobre el limes; mientras Fernando se acostaba con Tácito, yo lo hacía con Manfredi. Y hablando del rey de Roma, muy flojita su novela Teutoburgo (2017). Desde luego fue mucho más emocionante leer que el chófer asignado para conducirnos por Germania se llamaba Armin (!) y en vivo resultara medir dos metros hasta las puntas del pelo…

Armin al volante…peligro constante © Ángel Carlos Pérez Aguayo

 

Para cuando llegamos a Mainz el termómetro marcaba 37º y el Museo de la antigua marinería estaba cerrado…por el calor. No sé dónde leí la frase “cuando empieza la batalla, la primera baja es el plan”, pero pide mármol. Esos súbitos contratiempos te desbaratan por completo, pero hay que saber recomponerse rápido y reaccionar improvisando. Teníamos media jornada por delante, de forma que propuse a mi centurión subir hasta la ciudadela, ¡se acabó ejercer de corista! yo asumía el mando en calidad de optio. La gramática parda para rellenar un momento como aquel no nos la enseñan en la universidad, pero nos sobra cara y labia. Tras ver el teatro romano debimos inspirarnos y en un parquecillo al pie la tumba (o cenotafio) que, dicen, Germánico erigió a su padre, improvisamos un debate sobre el valor de las novelas como iniciación a la historia. Fernando interpretaría a la facción carca y reaccionaria, mientras que yo haría de entusiasta fan de Posteguillo y compañía. No tuvimos que actuar demasiado para hacer de nosotros mismos, histriónicos y vocingleros, dándonos brea como siempre, mientras el resto se iba sumando con sus argumentadas intervenciones a favor o en contra…y así, con la tontería, echamos casi dos horas; contra todo pronóstico, resultaron muy edificantes. Siendo sincero, creo que los míos ganamos, mas el premio vino cuando estábamos en retirada y mi compañero me felicitó la pantomima que había salvado la tarde. Pocos metros después, palabra de Boy Scout, encontré en el suelo una moneda romana; quiero creer que el general Druso, mi héroe del Yo, Claudio -única razón por la que, en realidad, quería subir hasta allí- concedió a mi actuación una pequeña medalla de bronce…

Ese dedito… © Fernando Alonso Burgos

Tito Pullo y Lucio Voreno -nos encontraron un aire-, concluimos la jornada como casi siempre, regando nuestras miserias con caldos regionales. En ese viaje nos reímos hasta llorar, de verdad, como aquella tarde en la que pregunté a un amigo alemán dónde podíamos comer unas buenas salchichas en Colonia y nos recomendó probar en torno al ara de los Ubios…sita, como comprobaríamos, en pleno barrio de ambiente. Touché. Igual de importante es aprender como divertirse haciéndolo, y nosotros dos nos tomamos muy en serio el equilibrio entre apolíneo y dionisíaco. La jornada tocaba a su fin y, redomados vagos que somos, no superamos la terraza más próxima al hotel, un figón de barrio llamado, curiosamente, Mediterráneo. Pronto descubrimos que era regentado por dos marroquíes que hablaban con soltura la lengua de Dante. Mientras elegía entre los familiares nombres de pizzas -símbolo de la globalización por antonomasia-, recordé al bueno del Pantera y el gran imperio al que servía. Sabiéndolo mirar con ojos románticos, aquella noche, en Mogontiacum, a orillas del Rhenus, dos hispanos cenaríamos en el Mare Nostrum, un termopolio de cocina itálica llevado por peregrini de Mauritania con los que podíamos charlar en una idioma derivado del latín. Entonces miré a Fernando, mi amigo, con la complicidad del que lo entiende y, tras aclararme la voz con un buen tiento de pócima germana, le solté:

-Otro día en la oficina…

Centurión Fernandito Alonso Burgos, al servicio de Su Majestad © Ángel Carlos Pérez Aguayo

Ángel Carlos Pérez Aguayo

Burbida (Gallaecia), 14 de abril de 2020

Texto de:

ÁNGEL CARLOS PÉREZ AGUAYO

ARQUEÓLOGO

4 Comments

  1. Me encantó tu relato y lo seguí hasta el final viajando con vosotros por Germania. Me hubiera gustado estar. A mí me pasó algo parecido en el Neues Museum de Berlín para hacer una foto a Nefertiti , pero no me salió tan literario como el tuyo. Sigue enriqueciéndonos co estos relatos para viajar aunque sea virtualmente.

    1. ¡Muchas gracias, Flor! Ya irás a hacer la mili con Fernando por Germania…¡no se nos olvida esa lata de Bonilla a la vista!

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