Los manuscritos del Mar Muerto I

EL DESCUBRIMIENTO

En el año 68 de nuestra era, durante el reinado del emperador Vespasiano, un grupo de judíos que vivían en el desierto de Judea sintieron que la comunidad de la que formaban parte corría peligro. Eran malos tiempos para el pueblo de Israel. Desde unos años antes, las relaciones entre los judíos y los conquistadores romanos habían ido de mal en peor y la situación había desembocado en guerra abierta a partir de la revuelta del año 64. Los judíos habían llegado a recuperar el control de Jerusalén y gran parte de Galilea, y resistían a duras penas la brutal respuesta del gigante romano.

Tres años después, los sueños de independencia de aquello revolucionarios judíos habían sido ahogados en sangre. Jerusalén había vuelto a poder romano, el Templo había sido destruido, toda la provincia estaba bajo control imperial y los romanos se disponían a acabar con los últimos focos de resistencia en el desierto de Judea.

Aquellos hombres, que se habían retirado al desierto de forma voluntaria para vivir conforme a sus creencias religiosas apartados del resto del pueblo judío, decidieron poner a salvo sus más preciados tesoros.

Durante casi tres siglos, se habían dedicado a copiar una y otra vez una serie de manuscritos pertenecientes a la Biblia hebrea, relacionados con ella o con la propia comunidad y sus creencias, sus normas y su historia. Todos los manuscritos que pudieron reunir y otros muchos que, posiblemente, ya llevaban tiempo escondidos, quedaron a salvo en el interior de once cuevas en el desierto de Judea. A partir de aquí, solo sabemos que el lugar donde vivían fue destruido por los romanos y que aquella comunidad desapareció de la historia.

Casi 1900 años de olvido que terminaron un día del invierno de 1946-47. Unos beduinos de la tribu Ta´amireh descubrieron en un lugar llamado Qumran, en el desierto de Judea perteneciente en aquel momento a Jordania, una de estas cuevas (más tarde llamada Cueva 1), y comenzaron a explorar los alrededores de aquel emplazamiento. Como premio a su búsqueda, hallaron siete manuscritos para los que se apresuraron a encontrar comprador.

La Cueva 1

En la primavera de 1947 aparecieron en el mercado de antigüedades de Belén los siete manuscritos procedentes de la Cueva 1. Tres de ellos, junto con las jarras de cerámica que los contenían, fueron comprados por el profesor Sukenik para la Universidad Hebrea de Jerusalén. Los otros cuatro fueron adquiridos por Athanasius Yeshue Samuel, del convento ortodoxo de San Marcos de Jerusalén, que pretendía hacer un gran negocio vendiéndolos a su vez al mejor postor. Al no encontrar el comprador deseado en Israel, Athanasius se llevó los manuscritos a Estados Unidos. Fue allí donde Yigael Yadin, el hijo de Sukenik, logró comprarlos en 1954 para la Universidad Hebrea, reuniendo así otra vez los siete manuscritos. El Estado de Israel decidió dar la mayor relevancia al hecho al construir un museo donde se expondría juntos: el Santuario del Libro.

A pesar del silencio beduino sobre el lugar donde se hallaba la cueva, en 1949 miembros de la Legión Árabe del ejército jordano consiguieron descubrir su emplazamiento. El asunto pasó entonces a manos de arqueólogos profesionales. Lancaster Harding, director del Departamento de Antigüedades de Jordania, y Roland de Vaux, director de la École Biblique et Archéologique Française, excavaron la cueva y comprobaron que los manuscritos aparecidos procedían, en efecto, de aquel lugar. Se hallaron centenares de pequeños fragmentos pertenecientes a manuscritos, entre ellos algunos restos de los ya encontrados. Junto a los fragmentos se recuperó también gran cantidad de cerámica fechable en época romana.

Roland de Vaux

En 1951 Harding y de Vaux comenzaron las excavaciones en un lugar cercano a la cueva conocido como Khirbet Qumran que parecía albergar restos de un fuerte romano del silo III ó IV d. C. Ya en la primera campaña quedó clara la estrecha relación existente entre aquel lugar y la cueva de los manuscritos gracias a la cerámica, idéntica en ambos casos, lo que se podía explicar a partir de un origen común. Las posteriores campañas de excavación fueron sacando a la luz la historia completa de aquel lugar y de la gente que lo habitó. De igual forma, el desierto fue rastreado a fondo en busca de más cuevas que ofreciesen nuevos manuscritos. El resultado fue el descubrimiento en los años siguientes de diez cuevas que fueron numeradas del 2 al 11. Quedaba ahora la labor más difícil: interpretar los datos que habían proporcionado las once cuevas, el yacimiento de Khirbet Qumran y, sobre todo, los miles de fragmentos de manuscritos.

FECHA DE LOS MANUSCRITOS

En 1883, unos 75 años antes, M. Shapira, un anticuario de Jerusalén, revolucionó el mundo académico de la época con el anuncio del hallazgo de quince franjas de cuero en las que estaban escritos antiguos textos del Deuteronomio. Los textos llegaron incluso a ser expuestos en el Museo de Londres durante una temporada, pero, finalmente, los mejores especialistas europeos denunciaron la falsedad del hallazgo y el asuntó pasó a formar parte de la larga historia de mentiras y falsificaciones de la Arqueología.

Ahora todos tenían la lección bien aprendida, por lo que se procedió a un examen sistemático de los rollos para certificar su antigüedad. Entre los que apostaban por la falsedad de los manuscritos destacaba S. Zeitlin, que sostenía que habían sido escritos por los caraítas en la Edad Media para atribuirse una antigüedad que los hiciese venerables. Según Zeitlin, los manuscritos habrían sido escondidos en las cuevas poco antes de su descubrimiento.

Sin embargo, las pruebas a favor de su autenticidad se amontonaban. En primer lugar, varias cuevas habían sido excavadas en condiciones rigurosamente  científicas, y en ellas se habían encontrado fragmentos pertenecientes a los manuscritos comprados a los beduinos. En segundo lugar, la cerámica recuperada durante la excavación proporcionaba una fecha no posterior al siglo I d. C. Los máximos expertos en paleografía (ciencia que estudia las escrituras antiguas trazando una línea de evolución de las letras para una correcta lectura y, si es necesario, su datación) también tomaron partido por la autenticidad de los rollos. Por último, y dando un espaldarazo definitivo al asunto, se realizó un análisis de Carbono 14 a un fragmento de madera calcinada hallado durante las excavaciones del Khirbet y proporcionó una fecha en torno al 16 d. C. En otro análisis, los tejidos que habían envuelto uno de los manuscritos dieron como fecha el año 33 d. C. Aunque el margen de error de esta prueba en los años 50 era de + − 200 años, una fecha máxima de 233 d. C. aún confirmaría la autenticidad de los manuscritos.

En los años 90, la nueva técnica de datación por espectrometría, mucho más exacta que el Carbono-14, corroboró plenamente estos datos, excluyendo además, una fecha posterior al 68 d. C., lo que tiene especial importancia al eliminar un posible origen zelota o judeocristiano de los manuscrito.

Por lo tanto, combinando todos estos datos, tenemos una fecha para los manuscritos más antiguos cercana al siglo III a. C., aunque la mayoría procede del siglo primero antes de nuestra era. Los más recientes no superarían, en ningún caso, el año 68 d. C.

La próxima semana hablaremos de la importancia de los Manuscritos del Mar Muerto y de la polémica de su publicación.

¡Un saludo!

Texto de:

JAVIER ALONSO

FILÓLOGO Y ARQUEÓLOGO

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